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¿Existe algún tipo de animal que sea completamente inmune al cáncer?

El misterio (muy real) de los animales resistentes al cáncer: cuando la naturaleza sienta cátedra en oncología

Hay ciertos misterios biológicos que, cuanto más los miramos, más nos devuelven la mirada. Uno de ellos es el de los animales que, contra todo pronóstico, parecen haberle ganado varias partidas al cáncer. Y no hablamos de criaturas mitológicas, sino de especies reales, observadas durante años por científicos de todo el mundo, que presentan tasas de cáncer anormalmente bajas. Algunos, de hecho, rara vez lo desarrollan. ¿Cómo es posible?

Si uno considera que el cáncer es, en esencia, un efecto secundario de la vida multicelular (el precio que pagamos por tener billones de células replicándose todo el tiempo), entonces lo lógico sería pensar que cuanto más grande y longevo sea un animal, más posibilidades tiene de desarrollar un tumor. Y sin embargo, la realidad no siempre se comporta como los modelos matemáticos predicen.

En este artículo vamos a meternos de lleno en el fascinante mundo de los animales que, por decirlo en términos sencillos, tienen trucos evolutivos que les permiten burlar el cáncer de forma extraordinaria. Veremos qué sabemos, qué se sospecha y, sobre todo, qué podría significar esto para la medicina humana.

¿Por qué algunos animales apenas desarrollan cáncer?: La paradoja que desconcertó a los científicos

En los años 70, el epidemiólogo Richard Peto planteó una paradoja que aún hoy sigue marcando el rumbo de muchas investigaciones oncológicas: si el cáncer es causado por mutaciones aleatorias durante la división celular, entonces los animales más grandes y longevos deberían tener más cáncer que los pequeños. Pero no es así. A este enigma se lo conoce como la Paradoja de Peto, y representa una grieta fundamental en nuestra comprensión clásica de la biología del cáncer.

Por ejemplo, un elefante tiene unas 100 veces más células que un humano. Y sin embargo, la incidencia de cáncer en elefantes es de apenas un 5%, mientras que en humanos ronda el 20% a lo largo de la vida. El dato es aún más curioso si consideramos que los elefantes viven 60–70 años, tiempo suficiente para acumular errores genéticos. Lo mismo ocurre con las ballenas, que pueden vivir más de 200 años. ¿Qué está pasando ahí?

La respuesta corta: la evolución encontró soluciones.

La respuesta larga: algunas especies desarrollaron mecanismos biológicos tan eficaces para prevenir, detectar o destruir células mutadas, que el cáncer, sencillamente, rara vez logra avanzar.

Los casos más sorprendentes: animales que parecen tener superpoderes celulares

Aquí no hablamos de inmunidad total, hasta ahora, no se ha encontrado ningún animal absolutamente inmune al cáncer, pero sí de una resistencia tan alta que roza lo extraordinario. Veamos los casos más estudiados:

La rata topo desnuda (Heterocephalus glaber): una anomalía subterránea

Este roedor africano es feo, ciego, vive bajo tierra… y es casi inmune al cáncer (ver imagen portada artÍculo).

Un estudio de Tian et al. (2013), publicado en Nature (https://doi.org/10.1038/nature12234), mostró que sus células producen ácido hialurónico de alto peso molecular (HMW-HA), una molécula que forma un entorno celular tan denso y viscoso que, básicamente, impide que las células tumorales se expandan.

Además, sus células muestran una sensibilidad inusual al mecanismo de inhibición por contacto, es decir, dejan de dividirse cuando notan que ya hay suficientes células en el entorno. En humanos, este mecanismo se altera frecuentemente en células cancerosas, que no saben cuándo parar.

Por si fuera poco, su metabolismo lento y su baja tasa de mutación genómica parecen contribuir también a su longevidad y resistencia tumoral. Un roedor que vive más de 30 años y que apenas desarrolla cáncer es, sin duda, un fenómeno evolutivo digno de estudio.

El elefante (Loxodonta africana): un titán con 20 copias de TP53

El elefante ha sido el protagonista estelar de los estudios sobre resistencia al cáncer.

En un trabajo de Abegglen et al. (2015), publicado en JAMA (https://doi.org/10.1001/jama.2015.13134), se descubrió que esta especie tiene 20 copias funcionales del gen TP53, mientras que los humanos solo tenemos una.

El gen TP53 codifica para la proteína p53, apodada “el guardián del genoma”, porque su función es detectar daño en el ADN y provocar la muerte celular (apoptosis) si el daño es irreparable. Tener más copias significa que el sistema de vigilancia genómica del elefante es mucho más sensible y eficiente.

Este mecanismo reduce drásticamente la probabilidad de que una célula mutada escape del control y se convierta en tumoral. Y lo hace sin provocar enfermedades autoinmunes, lo cual lo convierte en una maravilla del equilibrio evolutivo.

La ballena boreal (Balaena mysticetus): longevidad sin tumores

Con una esperanza de vida de más de dos siglos, este cetáceo ártico debería estar plagado de tumores. Pero no lo está.

En un estudio de Keane et al. (2015) publicado en Cell Reports (https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/25565328/) , se secuenció el genoma de esta especie y se hallaron múltiples genes relacionados con:

  • Reparación del ADN altamente eficiente
  • Regulación del crecimiento celular
  • Resistencia al estrés oxidativo

Estos mecanismos no solo la protegen contra el cáncer, sino que probablemente expliquen su longevidad extrema. La ballena boreal es, en cierto sentido, una biblioteca viviente de soluciones bioquímicas al envejecimiento celular.

Tardígrados: diminutos, casi inmortales, y potencialmente antitumorales

Los tardígrados son microscópicos, pero parecen sacados de una novela de ciencia ficción. Pueden sobrevivir a la deshidratación, al vacío del espacio, a temperaturas cercanas al cero absoluto o a 150 °C. Pero lo que más interesa a los científicos es su capacidad de proteger el ADN frente a la radiación y otros estresores extremos.

Un estudio de Hashimoto et al. (2016) en Nature Communications (https://doi.org/10.1038/ncomms12808) identificó una proteína única en tardígrados llamada DSUP (damage suppressor), que literalmente recubre el ADN como una armadura, reduciendo el daño por radicales libres.

Resistencia, no inmunidad: precisión conceptual importa

A veces, en medios o redes sociales, se habla de «animales inmunes al cáncer», pero esa frase es científicamente incorrecta. Ninguna especie multicelular conocida ha demostrado inmunidad absoluta. Lo que existe es un grado altísimo de resistencia, resultado de miles o millones de años de selección natural.

La resistencia implica una capacidad mejorada para prevenir, reparar o eliminar células mutadas, pero no una invulnerabilidad total. Incluso en especies como el elefante o la rata topo desnuda se han documentado casos esporádicos de cáncer, aunque son extremadamente raros.

¿Y esto en qué nos beneficia a los humanos?: aplicaciones médicas reales (y no tan lejanas)

Estudiar estos animales no es solo una curiosidad científica. Es también una fuente potencial de innovación terapéutica, ya que muchos de sus mecanismos podrían replicarse o adaptarse en medicina humana. Veamos algunos ejemplos concretos:

  • Terapias génicas basadas en el gen TP53: múltiples investigadores ya trabajan en técnicas para aumentar la actividad del gen TP53 en humanos, imitando el modelo de los elefantes.
  • Fármacos que imitan el ácido hialurónico HMW de la rata topo desnuda: podrían usarse para limitar la proliferación tumoral o mejorar entornos celulares post-quirúrgicos.
  • Proteínas protectoras como DSUP: potenciales aliadas en tratamientos contra el daño genético inducido por radioterapia.
  • Mejora de las rutas de reparación del ADN: utilizando modelos como la ballena boreal para diseñar tratamientos que aumenten la estabilidad genómica en pacientes oncológicos.

En todos los casos, se trata de aprender de la evolución, una fuente de innovación que ha probado ser más eficiente que cualquier laboratorio.

Conclusión: cuando la evolución le saca ventaja a la medicina

El cáncer ha sido enfrentado de distintas formas por la naturaleza. Algunas especies desarrollaron mecanismos tan sofisticados de defensa, que sus cuerpos operan como verdaderos laboratorios antitumorales.

No se trata de buscar panaceas milagrosas, sino de comprender que la biología evolutiva puede ofrecernos pistas que aún no hemos explorado del todo.

Quizás la solución al cáncer no esté solo en el próximo ensayo clínico, sino en una madriguera subterránea en Kenia, en las profundidades del Ártico o bajo el microscopio, al observar un tardígrado resistiendo el vacío espacial……quien sabe.

Soy David Garduño Blanco, farmacéutico especialista en atención dermofarmacéutica del paciente oncológico y experto en inteligencia artificial.

A través de mis redes sociales, bajo el usuario @oncoceutico, comparto contenido educativo y motivacional, buscando crear una comunidad informada y empática en torno al cuidado dermocosmético del paciente oncológico y el mundo de la oncología.

Mi objetivo es seguir aprendiendo y compartiendo conocimientos que contribuyan a humanizar la atención farmacéutica y a mejorar el bienestar de quienes enfrentan el desafío del cáncer.

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